Un blog de Malena Millares

viernes, 4 de diciembre de 2015

PERDER O GANAR

A pesar de los años que llevo en esto del fútbol, me sigo preguntando porqué me afecta tanto el hecho de que mi equipo pierda, y aún peor, que se me quede un regusto amargo durante bastantes horas. Simplemente es lo que es, me repito, pero no puedo evitarlo. Despertarme a media noche y recordar la derrota, es como tener la sensación de atragantamiento con un vaso de agua. ¡Qué cosa, por Dios! De mi boca sale algún improperio que queda en lo privado. Arremeto contra unos u otros protagonistas, y no dejo títere con cabeza, hasta que me sosiego. Con el paso de las horas llega el análisis, y la mayor parte de las veces la comprensión.

Digan lo que digan quienes detestan el fútbol o quienes no entienden que se convierta en pasión, existen profundos sentimientos sobre el equipo que uno ama, y todo va más allá del deporte. Tienen que ver, según el caso, con los propios padres, con un legado, con familiares, con una entrañable historia sobre un club, con jugadores que fallecieron en plena juventud convirtiéndose en mitos, con el pundonor y coraje de los futbolistas a lo largo del tiempo, con los colores del equipaje, con la rabia manifestada ante lo injusto en momentos de un partido, con los jóvenes que piden paso, con las lágrimas y el desasosiego; sobre todo con la gente que nos rodea, a quienes apreciamos y admiramos, y con los amigos que tanto queremos y muestran sin reparos sus preferencias.

Cuando el equipo gana eso es harina de otro costal.

¡Arriba d'ellos!



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