Un blog de Malena Millares

domingo, 3 de mayo de 2015

RECORDANDO A ELADIO BUENO, YAYO

Dos años han pasado desde que nos dejó el jugador de Unión Deportiva Las Palmas Eladio Bueno Ramos, Yayo (Las Palmas de Gran Canaria, 1927-2013). Fue el capitán del primer ascenso del equipo canario a la división de honor, ante el CD Málaga, hecho que acaeció el 8 de julio de 1951.

Le conocí en mi trabajo de manera fortuita. La diferencia de edad no fue obstáculo para profesarnos simpatía y cariño. Al mostrarle interés por tener una foto suya vestido con el equipaje de fútbol me regaló algunas personales y del equipo. A lo largo de su vida hizo siempre honor a su apellido, porque Yayo fue un hombre bueno.

Su matrimonio con Amelia Almeida Sánchez tuvo una descendencia de ocho hijos, cinco mujeres y tres varones. Se proclamaba hombre feliz, con una vida plena, puesto que vio cumplidos sus dos sueños: jugar al fútbol y tener familia numerosa. Al ponerme en contacto con Sole y Luis Melini, una de sus hijas y su marido, coincidieron ambos en que fue un padre justo y cariñoso, y, aunque imponía respeto, también era tierno. Otra de sus hijas quiso dejar constancia de que, estudiando la carrera en La Laguna, dilapidó la primera paga que le dieron sus padres en ropa; esperaba una buena bronca de su padre, pero nunca llegó. Al contrario, Yayo le dio una bofetada de guante blanco ingresándole una segunda paga sin el más mínimo comentario, un gesto que su hija no ha olvidado porque fue una verdadera lección para ella, sin necesidad de reproches ni lamentaciones; gesto más que suficiente para que reconociera su error.

Recuerdan con cariño un sinfín de detalles: Aquellos veranos en la playa de Las Alcaravaneras donde enseñó a nadar a todos sus hijos poniéndoles uno a uno sobre él, emulando a una ballena; o cuando viajaban en guagua y hacía el recuento para que ninguno de ellos se quedará atrás, aunque en una ocasión no pudo controlar al pequeño y se le perdió, con el consecuente disgusto y llanto de la familia. Afortunadamente el incidente tuvo un final feliz. Localizaron a Yayo en su trabajo, Clínica de Ntra. Sra. del Pino. El chiquillo dijo quien era su padre y lo llevaron allí, ya que la mayor parte de la ciudad le conocía. Era un hombre muy querido. Su generosidad no tuvo límites. Ayudó a muchísimas personas que apenas conocía, y no sólo en el aspecto burocrático, también con lo que podía distraer de su bolsillo. No recuerdan los hijos que cogiera un mes de vacaciones; entonces estas se pagaban y él creía que todo era poco para los suyos.

Su vida, aparte del fútbol, giraba en torno a su familia, a sus numerosos hijos, por lo que cualquier decisión u organización de fiestas familiares, tenía cierto carácter cuartelario. Al ser ocho, cada domingo de partido hacía turnos para llevarles al Estadio Insular. En la fiesta de Reyes preparaba un buen chocolate para ellos (lo hacía también en los cumpleaños). Solía adornar el pasillo que llevaba al salón con banderines de diferentes colores, luego ponía a los hijos en fila india, de menor a mayor, e iba abriendo poco a poco la puerta, creando tensión y emoción antes de ver los regalos. Se podría decir que disfrutaba más que sus niños. El momento en que llegaban a casa las notas del colegio era totalmente distinto, siempre fue la educación escolar cosa seria; según fueran las notas, cada uno recibía el correspondiente rezado. Su premisa era que estudiaran bachiller, la carrera era opcional. Para Yayo también la amistad fue muy importante, le daba un gran valor. Él y sus amigos, muchos de ellos jugadores de aquellos tiempos, mantuvieron el contacto hasta el final de sus días. Fue la de todos ellos una amistad sincera y de admiración.

Recalcó Sole que en los últimos años se lamentaba con frecuencia por no haber podido cumplir una promesa. Una señora, residente en La Aldea, quiso agradecerle con dinero (con frecuencia le ocurría esto) la ayuda que recibió de Eladio Bueno en un momento determinado. Él, como era de esperar, se negó rotundamente. Pero la agradecida mujer buscó la manera de recompensarle el gesto y le invitó a un sabroso potaje que elaboraría con productos de su huerta. Eladio le prometió que iría a La Aldea, pero las circunstancias de la vida se lo impidieron, y esto le apenó bastante.


Pude charlar con él algunos ratitos, los que el trabajo me permitía; por ello añado a esta selección de pinceladas sobre Eladio Bueno Ramos que fue un ser entrañable, de sonrisa amable en cada encuentro. Si tuviera que definirlo con una sola palabra creo que 'generoso' sería la adecuada: hacía el bien a sus semejantes y no miraba a quién. Nunca olvidaré a este señor, a este buen hombre que fue un buen hijo, marido, padre, suegro, abuelo, bisabuelo y amigo.




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