Un blog de Malena Millares

viernes, 26 de noviembre de 2010

PACUCO JORGE, UN JOVEN DE NOVENTA AÑOS


Hay personas que vienen a este mundo con una luz especial, con un imán atrayente,  que cuando nos acercamos a ellas y escuchamos algunas de sus vivencias nos planteamos si con el paso de los años tendremos en el futuro esa lucidez y tanta precisión para contar cosas de nuestras vidas . Este es el caso de Pacuco Jorge, leyenda viva del Real Club Victoria, que, con noventa años, tiene la capacidad de contagiar a cualquier ser viviente que se le acerque sus ganas de vivir, su alegría y su sutil sentido del humor. Créanme si les digo que pasar un rato con él, y sin que se lo proponga, puede ser una auténtica terapia de la que se sale con una gran inyección de optimismo y vitalidad, pues no sólo es un buen conversador sino que ejerce con maestría algo tan difícil como reírse de sí mismo. Dice que el noventa por ciento de su vida es su carácter, heredado de su madre burgalesa.
No hay nada nuevo que descubrir sobre su trayectoria futbolística en el Real Club Victoria, pues todo está escrito y los internautas que quieran refrescar su vida deportiva saben que en el buscador obtendrán varias páginas con los datos de su carrera. Yo aquí resalto a la persona, al señor que es, contando algo de su vida. Sólo significar que entró en el club blanquinegro en el año 1939, en el que estuvo como futbolista hasta 1945. En este año empezó a trabajar en el Banco Central, tras varias gestiones hechas por un tío suyo para que se incorporase, con el fin de impedir que se lo llevasen de la isla, ya que el club de fútbol de Ceuta había apostado con fuerza para acogerlo en sus filas. Pacuco era, y sigue siendo, un hombre guapo, un verdadero gentleman, que en sus años de juventud siempre era el centro de atención donde quiera que acudiese y en los ámbitos que se moviese, pues su tremenda personalidad no pasaba desapercibida.

Tiene multitud de anécdotas, pues seis años en las filas del Victoria con el nueve ó diez en la espalda, números de auténtico delantero, dieron para mucho. Su indiscutible técnica y mejor estilo de juego hicieron que futbolistas, como el recién fallecido Carmelo Campos y Victoriero, ambos del Marino, el eterno rival, le reconocieran que jamás quisieron hacerle una entrada con mala uva para no lesionarle, pues disfrutaban viéndole jugar. Todo un ejemplo de los señores de antaño, donde prevalecía el respeto y el reconocimiento del buen hacer de un jugador como Pacuco Jorge.

En el año 1939,  todavía inmersos en la guerra civil,  jugaron con el Tenerife en su campo y perdieron por 3-2. Se viajaba entonces entre islas en los vapores llamados correillos. Don Eliseo, capitán de uno de ellos, el “León y Castillo”, era tan “victorista” que si alguno de los jugadores del club se retrasaba en llegar al barco no zarpaba hasta que estuviesen todos, con la consecuente protesta del resto de los pasajeros. Esa noche, justo después de terminar el partido, Pacuco Jorge se fue a tomar con otro jugador unas copas cerca del muelle. La costumbre de estos vapores era la de avisar con tres toques de sirena en intervalos de varios minutos antes de zarpar.
Su compañero y él oyeron el primero, luego el segundo y se dijeron: ¡A correr! Pero esta vez el capitán, debido a la presión del pasaje, decidió salir sonando aún la tercera sirena, y los dos jugadores, como si de una película de acción se tratase, con un gran salto alcanzaron la cubierta. Después la noche les sorprendió a todos con un accidente: un barco portugués que navegaba con rumbo opuesto chocó con el correillo.  Pacuco, junto a sus compañeros, dormía en el camarote en el momento del impacto. Entre ellos estaba Corona, una persona muy atormentada por la guerra, que cayó de su litera  justo encima de Pacuco mientras gritaba: ¡Una mina, una mina, se hunde el barco!
Tal y como pudieron regresaron a Tenerife, y al llegar a puerto  les tiraron salvavidas;  recuerda claramente cómo muchos directivos del Victoria esperaban ordenes en cubierta  semidesnudos. Todo quedó en un gran susto que finalizó al regresar el barco al muelle de Santa Catalina, al día siguiente,  en loor de multitudes.

Con veintiún años, lozano y galán como era, jugaba en el Pepe Gonçálvez  cuando en el remate de un córner vino corriendo desde atrás y metió un espléndido gol. Con la inercia de la carrera fue a parar a las gradas cayendo en medio de un grupo de mujeres de vida alegre, regentadas por una madam conocida como "Pepita La Sevillana", coyuntura que la señora aprovechó para informarle de que tenía una nueva chica en su local. Pacuco, en medio de aquellos apretujones y con el humor del que siempre ha hecho gala, le respondió: "Voy a hablar con el arbitro a ver si acorta el tiempo del partido".

Trabajando en el banco tuvo que viajar una vez al Aaiún, a pesar de que le tenía fobia a los aviones. Estos eran de hélices y tardaban horas en llegar al Sáhara. Recuerda con horror cómo aterrizó en una pista de tierra. Un compañero de trabajo le esperaba allí para trasladarle luego a una jaima, lugar en donde se debía realizar alguna operación bancaria con algún hombre rico. Estuvo poco tiempo en tierra africana, pero aprendió rápido que no debía desairar a nadie que le invitase a algo. Fue obsequiado con carne de cabra cuyo olor detestó desde el primer momento, por lo que fue metiendo con disimulo los trocitos en el bolsillo del pantalón, y así evitó una ofensa. Me contaba con mucha gracia que, su mujer Fefa, como él la llama, al regresó de este viaje no le dejó acercarse en una semana debido al olor a camello que traía, a lo que Pacuco en broma le decía: ¿qué quieres, que me vaya para Canalejas? (calle en la cual, en esa época y en una zona determinada, había más de una casa de citas).

Su vida ha sido y sigue siendo digna de ser escrita por alguien. Es mucha la tela que aún tiene que cortar. Quien dice, como él lo hace, que nació cuando entró en el Real Club Victoria, entidad a la que sigue unido y que tanto le ha dado, demuestra ser persona agradecida y de nobles sentimientos. Ya son noventa años, que el próximo 25 de abril se convertirán en noventa y uno, llenos de cariño, de reconocimiento y de buenos amigos, con multitud de experiencias y anécdotas que contar. Es sin duda, para cualquier familia, una gran suerte contar con un hombre como Francisco Jorge, pues a su lado no existe el tedio.

Cuando nos despedimos, con los ojos aguados me dio varias veces las gracias. 
Amigo: las gracias, y muchas, te las doy yo a ti, pues siempre es un placer charlar con alguien como tú, que regala tanto cariño, y con un pasado que recrea a los dioses.

Pacuco Jorge (abajo, segundo por la izquierda)

1 comentario:

  1. ¡¡Muchas Felicidades Pacuco!!

    Gracias Malena por traer estas historias tan entrañables, y recordar personas que merecen un lugar en nuestra memoria Gran Canaria.

    Un abrazo fuerte amiga querida.

    Angeles Artiles M.

    ResponderEliminar