Hay personas que vienen a este mundo con una luz especial, con un imán atrayente que quienes nos acercamos a ellas y escuchamos algunas de sus vivencias nos planteamos si con el paso de los años tendremos en el futuro esa lucidez y tanta precisión para contar cosas de nuestras vidas . Este es el caso de Pacuco Jorge, leyenda viva del Real Club Victoria, que con noventa años tiene la capacidad de contagiar a cualquier ser viviente que se le acerque sus ganas de vivir, su alegría y su sutil sentido del humor. Créanme si les digo que pasar un rato con él, y sin que se lo proponga, puede ser una auténtica terapia de la que se sale con una gran inyección de optimismo y vitalidad, pues no sólo es un buen conversador sino que ejerce con maestría algo tan difícil como reírse de sí mismo. Dice que el noventa por ciento de su vida es su carácter, heredado de su madre burgalesa.
No hay nada nuevo que descubrir sobre su trayectoria futbolística en el Real Club Victoria, pues todo está escrito y los internautas que quieran refrescar su vida deportiva saben que en el buscador obtendrán varias páginas con los datos de su carrera. Yo aquí resalto a la persona, al señor que es, contando algo de su vida. Sólo significar que entró en el club blanquinegro en el año 1939, en el que estuvo como futbolista hasta 1945. En este año empezó a trabajar en el Banco Central, tras varias gestiones hechas por un tío suyo para que se incorporase, con el fin de impedir que se lo llevasen de la isla, ya que el club de fútbol de Ceuta había apostado con fuerza para acogerlo en sus filas. Pacuco era, y sigue siendo, un hombre guapo, un verdadero gentleman, que en sus años de juventud siempre era el centro de atención donde quiera que acudiese y en los ámbitos que se moviese, pues su tremenda personalidad no pasaba desapercibida.
Tiene multitud de anécdotas, pues seis años en las filas del Victoria con el nueve ó diez en la espalda, números de auténtico delantero, dieron para mucho. Su indiscutible técnica y mejor estilo de juego hicieron que futbolistas, como el recién fallecido Carmelo Campos y Victoriero, ambos del Marino, el eterno rival, le reconocieran que jamás quisieron hacerle una entrada con mala uva, para no lesionarle, pues disfrutaban viéndole jugar. Todo un ejemplo de los señores de antaño, donde prevalecía el respeto y el reconocimiento del buen hacer de un jugador como Pacuco Jorge.
Me comentaba que en el año 1939, cuando la guerra civil no había acabado, jugaron con el Tenerife en su campo y perdieron por 3-2. Se viajaba entonces entre islas en los vapores denominados correillos. Don Eliseo, capitán de uno de ellos, llamado “León y Castillo”, era tan “victorista” que si alguno de los jugadores del club se retrasaba en llegar al barco, no zarpaba hasta que estuviesen todos, con la consecuente protesta del resto del pasaje. Esa noche y después de terminar el partido, Pacuco Jorge se fue a tomar con otro jugador unas copas cerca del muelle. La costumbre de este vapor era, antes de salir, avisar con tres toques de sirena en intervalos de varios minutos.
Su compañero y él oyeron el primero, luego el segundo y se dijeron: ¡A correr! Pero hete aquí, que esta vez el capitán, ante la presión de los pasajeros, zarpó tocando la tercera sirena, y los dos jugadores, como si de una película de acción se tratase, llegaron a la pequeña nave saltando hasta alcanzar la cubierta. Pero la noche sorprendió a todos con un accidente, un barco portugués que navegaba con rumbo opuesto, chocó con el correillo. En ese instante P. Jorge estaba en el camarote con algunos de sus compañeros, entre ellos Corona, persona muy sensibilizada por la guerra española, que con el impacto cayó de su litera justo encima de un dormido Pacuco, gritando: ¡una mina, una mina, se hunde el barco!
Tal y como pudieron regresaron a Tenerife, y recuerda como al llegar a puerto les tiraban salvavidas, viendo como muchos directivos del Victoria salían semidesnudos. Un gran susto que finalizó con el regreso, al día siguiente, al muelle de Santa Catalina en loor de multitudes.
Jugando un partido en el Pepe Gonçálvez, con apenas veintiún años y en plena lozanía y soltería, en el remate de un córner, él venía corriendo de atrás y metió un espléndido gol, pero con la inercia de la carrera fue a parar a las gradas, cayendo en medio de un grupo de mujeres de vida alegre, regentadas por una madam conocida como "Pepita la sevillana", coyuntura que la señora aprovechó para informarle de que tenía una nueva chica en su local. Pacuco, en medio de aquellos apretujones y con el humor del que siempre ha hecho gala le respondió: Voy a hablar con el arbitro a ver cuando acaba esto.
En su vida laboral, ya en el banco, tuvo que viajar una vez al Aaiún, a pesar de que le tenía fobia a los aviones, aparatos que volaban con las antiguas hélices y tardaban horas en llegar al Sáhara. Recuerda con horror cómo aterrizó en una pista de tierra. Un compañero de trabajo le esperaba allí, para trasladarle luego a una jaima, lugar en donde se debía realizar alguna operación bancaria con algún moro rico. Estuvo poco tiempo en tierra africana, pero aprendió rápido que no debía desairar a nadie que le invitase a algo. Fue obsequiado con carne de cabra, cuyo sabor detestó, metiéndose los trozos con disimulo en el bolsillo del pantalón, todo para evitar una ofensa. Me contaba con mucha gracia que, su mujer Fefa, como él la llama, al regresó de este viaje y debido al olor a camello que traía, no le dejó acercarse en una semana, a lo que Pacuco en broma le decía: ¿qué quieres, que me vaya para Canalejas? (Calle en la que, en esa época y en una zona determinada, había alguna que otra casa de citas).
Su vida ha sido y sigue siendo digna de ser escrita por alguien. Es mucha la tela que aún tiene que cortar. Quien dice, como él lo hace, que nació cuando entró en el Real Club Victoria, entidad a la que sigue unido y que tanto le ha dado, demuestra ser persona agradecida y de nobles sentimientos. Ya son noventa años, que el próximo 25 de abril se convertirán en noventa y uno, llenos de cariño, de reconocimiento y de buenos amigos, con multitud de experiencias y anécdotas que contar. Es sin duda, para cualquier familia, una gran suerte contar con un hombre como Francisco Jorge, pues a su lado no existe el tedio.
Cuando nos despedimos, con los ojos aguados me dio varias veces las gracias.
Amigo: las gracias, y muchas, te las doy yo a ti, pues siempre es un placer charlar con alguien como tú, que regala tanto cariño, y que con su pasado recrea a los dioses.
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| Pacuco Jorge (abajo, segundo por la izquierda) |